He leído hoy en la prensa, con sorpresa, pena e impotencia, que la Dirección General de Costas procedía ayer al derribo del restaurante Itxas Gane, situado en la playa de La Arena. El mencionado edificio tiene, tenía, la singularidad de estar construido en forma de barco, (un pequeño Guggenheim de ladrillo y cemento) y llevaba "anclado" más de treinta años sobre el arenal. Y ahora, según la Ley de Costas, todo aquello que esté edificado sobre la arena sobra. La verdad que el asunto llevaba años de litigio y que la, para mí, sinrazón ha ganado en los tribunales porque no sé que coño molestaba. Conocido el fallo, esperaba una respuesta masiva y social tipo Chanquete y compañía sobre La Dorada entonando el "no nos moverán". Sin embargo, la respuesta ha sido absolutamente fría y los únicos que se han acercado hasta ayer han sido curiosos para ver como las excavadoras demolían el inmueble. Sólo los propietarios y los empleados han luchado por sus derechos, a los demás nos la ha traido al pairo, a fin de cuentas era un negocio privado.
Sin embargo, el hecho de imaginarme a las excavadoras clavar sus largos brazos sobre sus muros me producía un dolor enorme en mi pecho. Y es que han sido muchas las tardes noches de fin de semana durante años que con los amigos consumía en su discoteca, acondicionada en los sótanos del edificio (la bodega de ese particular barco). Quizá los momentos más felices de mi juventud, de aquella juventud que colocaba poesías de amor en el limpiaparabrisas del coche de la chica que te hacía tilín porque se te hacía un nudo en la garganta que te impedía pronunciar delante de ella la simple palabra "¿bailas?" cuando canciones como "stuck on you" o "endless love" dejaban casi a oscuras la pista de baile y sólo te guiabas por la estela que dejaba su cuerpo camino de las butacas que rodeaban la pista. Después de simultanear estudios y trabajo durante la semana, el Itxas Gane era para muchos nuestro lugar de encuentro los fines de semana. Ese lugar donde hacíamos lo que ahora otros hacen el llamado botellón, pero llevando encima del cuerpo esas bolsas repletas de ilusión, ahora cargadas de alcohol, y aunque sólo fuera por verla bailar y disfrutar de su presencia , yo ya me emborrachaba por completo. La noticia del derribo me ha devuelto a aquellos tiempos a toda prisa, más veloz que los modernos coches de aquella época que me llevaban hasta allí, y me ha dejado estacionado en aquél tiempo rodeado de gratos recuerdos e infinidad de interrogantes sobre qué fue de ella.
Ahora que se acerca el día de Todos los Santos, tal vez sea oportuno visitar la fosa que habrán dejado las excavadoras y depositar en ese hueco donde está enterrada parte de mi juventud, que no muerta porque mi juventud aún sigue muy viva, una de aquellas poesías de amor con la ilusión, la misma de entonces, de que ella vuelva a leerla.
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