viernes, 2 de octubre de 2009

¿Siempre se falla una vez?


La noche aprieta en el parto de un nuevo día. En unos segundos y llega el recién nacido. También la calle festeja su día grande y los fuegos artificiales comienzan a la misma hora a surcar los aires de luna nueva. Cerca, en una habitación hotelera un hombre y una mujer consumen sexo sin éxito. Él no encuentra disponibilidad a sus obligaciones sexuales como hombre y se excusa ante ella con que es la primera vez que le ocurre, comparando lo que realmente pudo ser un estallido de fuegos artificiales dentro de ella con lo que deberán de conformarse esa noche viendo a través de la ventana. Ella, lo entiende, busca el Marlboro, le ofrece un cigarro y enciende el suyo. El humo de la primera bocanada se disipa y le consuela con que una primera vez siempre hay en la vida. Acostados, a través del humo del tabaco observan el espectáculo de luz y sonido por una de las ventanas de la habitación. Es en ese preciso instante cuando un cohete estalla en esa ventana y revienta por completo los cristales. Asustados, corren semidesnudos a refugiarse en el baño. Encerrados y abrazados por el miedo, esperan.
Sin esperar, el encargado de la pirotecnia da cuenta del incidente llamando al hotel, asegurando personarse lo más rápidamente posible . El recepcionista a su vez llama a la habitación siniestrada. Nadie contesta. Siguen encerrados. Antes de que el recepcionista colgara el teléfono, el encargado ya estaba frente a él con una carpeta de papeles en sus manos. Conoce sus obligaciones con su empresa y debe ver in situ la habitación, evaluar los daños materiales, y tramitar todos los documentos necesarios para depurar responsabilidades. El recepcionista le acompaña. En el ascensor es informado de que hay personas en la habitación. No se sorprende y hace anotaciones en los papeles que lleva consigo.
Frente a la puerta de la habitación dañada, llaman. Nadie abre. Insisten. El recepcionista teme que algo grave les hubiera pasado y saca una tarjeta electrónica de su pantalón. Cuando se dispone a introducirla en el lugar correspondiente se abre la puerta. Aún nerviosos, los moradores se alegran por la llegada de ámbos. El recepcionista logra tranquilizarlos con palabras y en un ambiente más relajado el encargado abre su carpeta y la conversación, pues desde que entró a la habitación sólo se detuvo en observar a la asustada pareja. Quiso recalcar que la empresa se haría cargo de todos los daños materiales y morales que el cohete había causado, de todos, y también, lamentándose personalmente, que en su larga vida como profesional de la pólvora jamás un cohete se le había escapado de su trayectoria, que era la primera vez que había fallado, y que después de todo lo sucedido esa noche era motivo suficiente para abandonarlo todo. Esas palabras calaron hondo en el hombre que momentos antes tuvo su primera vez de otro modo diferente, y trató de hacerle cambiar de opinión, minimizar el accidente, animándolo a seguir, que por suerte no ha habido que lamentar nada y que por tan insignificante suceso no se iba a acabar el mundo para él. Mirándolo fijamente, el encargado le espetó un "¡qué sabrá usted!"
Terminado el papeleo y trasladados a una nueva habitación, la pareja continuó con el asunto:
- Pobre hombre ese de la pirotecnia....¿te das cuenta, cariño?, porque ha sido la primera vez que ha fallado ya quiere dejarlo todo. Yo...entonces.... esta noche...¿tendría que hacer lo mismo?
- No ha fallado, era mi marido.

1 comentario:

Princesa Polaca dijo...

Que historia más triste. Creo que es la primera vez que unos cuernos me dan pena, pero debo admitir que sí. Al poner los cuernos no pensamos más allá de sí a nuestro querido le gustará la ropa interior que llevaremos al encuentro y no pensamos que dejamos en casa, sentado en el sillón del tapete blanco al que es el amor de nuestra vida.

Aun así vale la pena, porque solo se vive una una vez y no solamente lo digo yo...

http://www.youtube.com/watch?v=LxrUkFQHYpg